miércoles, 28 de noviembre de 2012

"La Arrostito": Secuestro y ejecución del General Aramburu

"Yo no me rindo. Yo no colaboro. Mi nombre es Norma Esther Arrostito. Mi nombre de guerra es Gaby. Mi grado es capitán del Ejército Montonero. Esta es la única información que les pienso brindar"



Extractado de "La Montonera" de Graciela Saidón

Son las nueve y cuarto de la mañana del viernes 29 de mayo de 1970. Una mujer rubia está parada en la vereda, junto a la puerta del edificio de Montevideo 1053, en el Barrio Norte de la Ciudad de Buenos Aires. Lleva un bolso en una mano. A pocos metros, en un garaje de la misma cuadra, dos hombres con uniforme militar esperan en un Peugeot 504 blanco, tapizado de rojo. Mal estacionada sobre la vereda de enfrente, hay una pick-up Chevrolet con el chofer, un cabo de la policía y un cura. Uno de los militares se baja del Peugeot y camina hasta el edificio de Montevideo 1053. No saluda a la mujer rubia. Nadie sabe, salvo los ocupantes de los dos autos, y el capitán y el teniente primero a quienes acaban de abrirles la puerta desde el portero eléctrico del edificio de Montevideo 1053, que lo que esa mujer tiene en el bolso es un arma, que en realidad no es rubia sino morocha y que usa una peluca. 




En el centro, de camisa blanca, Roberto Quieto, a su derecha Dante Gullo y hacia su izquierda Mario Firmenich, Norma Arrostito, Fernando Vaca Narvaja y Ricardo René Haidar.

Nueve y media de la mañana. Una mañana soleada y fresca de otoño en Buenos Aires. El capitán y el teniente primero salen del edificio con el teniente general Pedro Eugenio Aramburu. Ese viernes 29 de mayo de 1970 pasará a la historia como el día en que un comando autodenominado Juan José Valle, de una nueva organización hasta el momento desconocida, Montoneros, secuestró al ex presidente de la Revolución Libertadora, que derrocó a Juan Domingo Perón. Ellos, los que esa mañana están apostados en lugares estratégicos en la calle Montevideo entre Avenida Santa Fe y Marcelo T. de Alvear, son: Mario Eduardo Firmenich como cabo de la policía, Carlos Capuano Martínez como chofer, Carlos Maguid como cura, Ignacio Vélez y Carlos Gustavo Ramus como los civiles en el Peugeot, Fernando Luis Abal Medina como teniente primero, Emilio Maza como capitán. Y una mujer, la única del grupo, la montonera Esther Norma Arrostito. Gaby para los amigos.


Yo llevaba una peluca rubia con claritos y andaba bien vestida y un poco pintarrajeada, contará Arrostito más adelante1.

Un local ofrecía pelucas a sólo dos cuadras del lugar donde el 29 de mayo de 1970 la historia estallaría nuevamente. Un aviso en la revista dominical de Clarín publicitaba así el producto: .Pelucas y Minipelucas Fontaine, de Felipe Sinópoli, Arenales 1473: Prepárese a cambiar de la noche a la mañana, o de la mañana a la noche, o en cualquier momento. Un peinado diferente la transforma. Fontaine es la clave para las travesuras más femeninas y los cambios más amorosos. Vale la pena curiosear la última novedad Fontaine: la peluca que se peina con y sin flequillo.

Son las nueve y cuarto de la mañana. Se cumple exactamente un año del Cordobazo, la rebelión en la ciudad de Córdoba donde obreros y estudiantes levantaron barricadas, atacaron con piedras y cócteles Molotov a policías y soldados, y que terminó con la cruenta intervención de las Fuerzas Armadas. El Ejército celebra su día. El capitán y el teniente primero acaban de entrar al edificio de Montevideo 1053. Han atravesado la puerta de vidrio y toman el ascensor hasta el octavo A, último piso al frente del edificio que hasta el sexto tiene balcones redondos con rejas blancas. Apostada junto a la puerta, Norma Arrostito cruza la calle con la mirada, sorteando la cuadrilla de la Municipalidad que repara la vereda, y ve que un Fiat 600 se acerca a la pick-up. Todo el plan puede fracasar. El joven vestido de cabo le hace señas al fitito para que no se detenga. Circule, oye Arrostito. O mejor dicho le lee los labios al joven vestido de cabo y se da cuenta de que, desde su uniforme de policía, Mario Firmenich le está dando órdenes al otro que se paró detrás de la pick-up para que circule, modula Mario, no se detenga. Y cuando el otro arranca puteando porque no entiende (ella no alcanza a oír esa parte), no entiende por qué la pick-up sí puede estacionar y él no, Norma ve que Firmenich levanta apenas la comisura derecha de los labios.

Cuando más adelante la escena se convierta en caso y todos los diarios se ocupen del tema, una empleada de la boutique de Montevideo 1051 va a describir ante los periodistas a los dos uniformados que subieron al octavo A del edificio vecino como dos hombres altos y rubios de entre 26 y 28 años, uno con bigotes, y va a decir: Un detalle que me llamó la atención fue que los uniformes eran flamantes y estaban muy bien cortados. Ahí va a ser Norma la que quizá levante apenas la comisura derecha de sus labios, o se ría con una risa franca. Porque ella misma tuvo que arreglarle el uniforme a Fernando. En esos afiches de "Buscados" por el secuestro del ex presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu que en quince días van a empapelar la ciudad, al mejor estilo Lejano Oeste, además de alias, números de documentos de identidad, edad, estado civil y estatura de Norma Arrostito, Mario Firmenich, Carlos Raúl Capuano Martínez y Carlos Gustavo Ramus, sobre Fernando Abal Medina la policía aportará un dato adicional: delgado. Llamaba la atención lo flaco que era.

Arrostito: Compraron parte de la ropa en la casa Isola, una sastrería militar en la Avenida de Mayo, al lado de Casa Muñoz. Fernando Abal tenía 23 años, Ramus y Firmenich, 22, Capuano Martínez, 21. Cortándose el pelo pasaban por colimbas. Así que allí compramos las insignias, las gorras, los pantalones, las medias, las corbatas. Para comprar algunas cosas, hasta se hicieron pasar por boy-scouts. Un oficial retirado peronista donó su uniforme: simpatizaba con nosotros, aunque no sabía para qué lo íbamos a usar. El problema es que a Fernando le quedaba enorme. Tuve que hacer de costurera, amoldárselo al cuerpo. La gorra la tiramos "era un gorrón", le bailaba en la cabeza, pero usamos la chaquetilla y las insignias.

De pronto, Norma Arrostito los ve salir del edificio. Fernando Abal Medina y el gordo Maza llevan al mismísimo Pedro Eugenio Aramburu, que parece no entender del todo lo que está pasando. Emilio lo abraza, como palmeándolo. Parecen milicos de verdad, hasta en el porte y en la manera de caminar. Practicar sirvió para algo, al margen de que Firmenich decía que el gordo tenía algo de milico, que de veras le gustaba. Además conocía los gajes del oficio: había sido liceísta en Córdoba. El mismo Maza fue quien le enseñó a Abal las poses y las actitudes. Y Fernando tenía esa cualidad de ir siempre al frente, no importaba qué. El porte, la indiscutible pertenencia de clase de Emilio Maza y Fernando Abal Medina, sumados a esa seguridad que mostraban los dos y, obviamente, los uniformes "bien cortados" jugaron a favor. Por eso la mujer de Aramburu los hizo pasar, por eso los trató con amabilidad y le indicó a la empleada que les sirviera café mientras su marido terminaba de vestirse, por eso salió a hacer los mandados. Por eso seguramente también Aramburu no desconfió cuando le ofrecieron protección. Claro, ya era demasiado tarde cuando los jóvenes oficiales mostraron sus verdaderas cartas: las armas que tenían escondidas entre la ropa, y Abal Medina le dijo, sin demasiada explicación:

Mi general, usted viene con nosotros.
Desfachatado, va a decir Firmenich de Abal Medina, cuatro años después (Era bastante desfachatado, dirá). Norma Arrostito prefiere pensar que es un hombre de acción. Fernando nunca se detiene a pensar. Ni dos segundos. Va y ejecuta.
Ahora se lo ve algo duro dentro del uniforme, debe ser por la metralleta que lleva debajo del pilotín verde oliva. Incluso parece como que empuja a Aramburu levemente con el arma, hasta que llegan al Peugeot. Lo sientan entre los dos en la parte trasera. Arrancan y Arrostito sube a la pickup, junto con Firmenich y los otros. Doblan por Charcas, Rodríguez Peña y van hacia Libertador. En el camino, los muchachos se sacan los disfraces. Cuando llegan al bajo, cerca de la Facultad de Derecho, los que estaban en el Peugeot se pasan a la pick-up y se apretujan atrás. Aramburu queda sentado sobre la rueda de auxilio.

En los bosques de Palermo cambian de autos. Dejan tirada la pick-up y Arrostito, Maza, que ahora tiene puesto un pilotín para disimular el uniforme, Vélez y Maguid se suben al Renault 4L chapa C 184540, propiedad de Arrostito, que dejaron en el lugar. Allí cargan los bolsos con los uniformes y parte de las armas. Abal, Carlos Ramus y Firmenich entran en la Gladiator, llevándose a Aramburu. Capuano Martínez sube al taxi Ford Falcon que hará de apoyo. Se comunican con walkie-talkies entre los dos autos, y entre la cabina y la caja de la Gladiator. En todo el trayecto Aramburu va a permanecer callado. Solo dirá dos palabras, pero lo hará después de que hayan cruzado la General Paz. Será cuando alguien pregunte quién vio el bidón de nafta. Entonces Aramburu va a decir:

Aquí está.

Ésos son los autos con los que han partido esa misma mañana temprano, desde Parque Chas. Cuenta Arrostito: La casa operativa era la que alquilábamos Fernando y yo, en Bucarelli y Ballivián, Villa Urquiza. Allí teníamos un laboratorio fotográfico. La noche del 28 de mayo, Fernando lo llamó a Aramburu por teléfono, con un pretexto cualquiera. Aramburu lo trató bastante mal, le dijo que se dejara de molestar o algo así. Pero ya sabíamos que estaba en su casa. Dentro de Parque Chas dejamos estacionados esa noche los dos autos operativos: la pick-up Chevrolet y un Peugeot 404 blanco, y tres coches más que se iban a necesitar: una Renoleta 4L blanca mía, un taxi Ford Falcon que estaba a nombre de Firmenich, y una pick-up Gladiator 380, a nombre de la madre de Ramus.

En realidad, la casa operativa que menciona Arrostito, un PH en ochava, en Bucarelli 1752, queda en Parque Chas, en el límite con Villa Urquiza. En realidad, además, no es la casa que alquilaban Norma Arrostito y Fernando Abal Medina sino Nélida (su hermana) y Carlos Maguid (su cuñado). De todos modos, en el barrio circulan algunas leyendas en relación con esa casa. Algunos vecinos aseguran que a Aramburu lo tuvieron allí. o que a la Arrostito la agarraron en esa casa. Después del secuestro de Aramburu, la propiedad en la zona llegó a devaluarse por las molestias que generaba en el vecindario la constante presencia policial.

Si bien Norma había ocupado un cuarto de esa casa por un tiempo, en mayo de 1970 estaba viviendo con Abal Medina en un departamento en la calle Dorrego 169, a pocas cuadras del cementerio de la Chacarita. ¿Por qué, entonces, la confusión? Imposible pensar en un error de la memoria. Lo más probable es apuntar a un gesto de protección hacia su hermana y su cuñado (hipótesis que se apoya además en que Maguid sólo es mencionado en ese texto como "otro compañero"). Por otra parte, como ella realmente ha vivido ahí, el dato no es del todo falso. En ese sentido, falsear levemente la realidad es uno de los tantos recursos de la ficción desparramados en el texto de La Causa Peronista.

La casa de Bucarelli tiene una ventana que asoma a la calle Ballivián y una escalerita para llegar a la puerta de madera que recientemente fue reforzada con una reja. En ese mismo año, 1970, alrededor de la mesa, en la cocina comedor de esa casa solían reunirse el grupo Córdoba y el grupo Buenos Aires, que conformaron el núcleo fundador de Montoneros. Allí, probablemente, hablaron por primera vez del secuestro de Aramburu. Tal vez incluso fue en ese comedor donde planearon la operación. Norma Arrostito participaba de las reuniones como un compañero más. Hablaba lo necesario, y siempre apoyando las decisiones orgánicas. No era, en ningún caso, la encargada de servir el café. A veces, cuando Abal Medina se mostraba incontenible para la acción, ella hacía un gesto como diciendo: "Así es él". Para 1970, ya hacía más de dos años que estaban juntos. Ella le llevaba siete años.

La mañana del 29 salimos de casa (insiste la narración de Arrostito). Dos compañeros se encargaron de llevar los coches de recambio a los puntos convenidos. La Renoleta quedó en Pampa y Figueroa Alcorta, con un compañero adentro. El taxi y la Gladiator cerca de Aeroparque, en una cortada, el taxi cerrado con llave y un compañero dentro de la Gladiator. En el Peugeot 404 subieron Capuano Martínez, que iba de chofer, con otro compañero, los dos de civil pero con el pelo bien cortito, y detrás, Maza con uniforme de capitán y Fernando Abal, como teniente primero.

Y Firmenich: Ramus manejaba la pick-up Chevrolet y la "flaca" (Norma) lo acompañaba en el asiento de adelante. Detrás iba un compañero disfrazado de cura, y yo con uniforme de cabo de la policía.
Son las doce y media de ese viernes 29 de mayo de 1970 en la República Argentina. La temperatura alcanza su pico: 19,3 grados. La policía recién se entera de que Aramburu fue secuestrado por el comando Juan José Valle, como se consignará en el primer comunicado. Entonces montan un operativo sin antecedentes, que en el transcurso de esos días llegará a movilizar a 1.600 hombres, además de 100 patrulleros de comisarías y 136 del Comando Radioeléctrico. Hubo, además, 1.200 inspecciones diarias de promedio en domicilios particulares de la Capital, más 2.000 controles de autos por día, 721 procedimientos originados en denuncias anónimas y 1.200 en pensiones, galpones, hoteles, etc.., según informa, en la conferencia de prensa que dará la policía (y los diarios reproducirán el 21 de julio de 1970), el director de Seguridad, inspector general Horacio Héctor González Figoli. Un despliegue apabullante, que también incluirá helicópteros y embarcaciones, para que Firmenich diga: En toda mi vida operativa no recuerdo una vía de escape más sencilla que ésta. Fue un paseo. El único punto que nos preocupaba era la General Paz, pero la pasamos sin problemas: no estaba tan controlada como ahora. Siguiendo con la contabilidad de Figoli, las 50 comisarías porteñas, Comando Radioeléctrico, direcciones generales, jefatura y regionales de la Policía Bonaerense y sus estaciones de radio, así como las 32 delegaciones regionales de la Policía Federal en las provincias, tuvieron conocimiento del secuestro del ex presidente provisional recién tres horas y diez minutos después de haberse producido. Tiempo de ventaja para los secuestradores. Para decirlo en criollo: "Los madrugaron". Una buena razón para no encontrarlos.

A la una y media, todas las radios del país cortaban sus transmisiones para informar, por cadena nacional, que habría sido secuestrado el ex presidente provisional de la Nación, el teniente general Pedro Eugenio Aramburu. El rotativo del aire de Radio Rivadavia detallaba: El ex presidente se retiró de su domicilio esta mañana, poco después de las nueve, escoltado por dos hombres que vestían uniformes militares. Desde entonces no hay noticias del paradero del teniente general Pedro Eugenio Aramburu. En medios generalmente bien informados se habla de la posibilidad de que haya sido secuestrado por un grupo comando....4.

Era la una y media de la tarde. Esquivando puestos policiales y evitando caminos transitados, una pick-up Gladiator avanzaba desde hacía cuatro horas rumbo a Timote.

En la caja, escondido tras una carga de fardos de pasto, viajaba "el fusilador" de Valle escoltado por dos jóvenes peronistas. Lo habían ido a buscar a su propia casa. Lo habían sacado a pleno día, en pleno centro de la Capital, y lo habían detenido en nombre del pueblo.

A las cinco y media de la tarde, Aramburu y sus secuestradores llegan a la estancia La Celma, que la familia Ramus tenía en Timote, Carlos Tejedor, sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Los recibe el cuidador, el vasco Acébal. Carlos Ramus se dedica a distraerlo.

A las ocho y media de la noche, asegurado el éxito de la primera fase del "Operativo Pindapoy", en una confitería de la avenida Cabildo al 700, aparece un primer comunicado del grupo comando. Aramburu será sometido a juicio revolucionario, dice la hoja que está encabezada con la leyenda Perón vuelve y la palabra Montoneros, nombre de la organización5.

Después del secuestro, entonces, mientras Firmenich y los demás tomen el camino más largo para cubrir, en ocho horas, los 379 kilómetros que separan La Celma de la Capital, Norma Arrostito y compañía harán tareas de prensa: se dedicarán a escribir los comunicados que presenten en sociedad a la hasta ahora desconocida organización. En los cuatro días siguientes escribirán en total cinco comunicados6, en papel Witcel Bond, en una Olivetti que, según las pericias policiales, sería la máquina autora de esos textos y que habría comprado en 1969 el padre de Arrostito, Osvaldo Luis, en un negocio de la localidad de San Martín, en el noroeste del conurbano bonaerense. En esa misma máquina Arrostito también habría redactado un permiso para que Emilio Maza se llevara el Renault 4L a Córdoba y que, como se verá más abajo, será un gran hallazgo para la policía. La autorización tiene el sello de la comisaría 49 y la fecha: 29 de mayo de 1970.

Esa misma noche, allá en Timote, comenzaba el juicio a Aramburu. Sentado en una cama, el teniente general de la Revolución Libertadora oye las palabras de Fernando Abal Medina, ese joven oficial con quien compartió un café en su propia casa:

General Aramburu, usted está detenido por una organización revolucionaria peronista, que lo va a someter a juicio revolucionario.

El condenado sólo atinará a decir:

Bueno.

Al día siguiente, los diarios daban la noticia en tapa. "Fue secuestrado ayer el ex presidente Aramburu", tituló La Nación a cinco columnas. Las otras tres las dejó para informar que "Se celebró el Día del Ejército: .El comandante en jefe del Ejército, teniente general Alejandro A. Lanusse, pronuncia su discurso en el acto central de la celebración del Día del Ejército, que fue presidido por el jefe de Estado"7.

Son las tres de la tarde del domingo 31 de mayo. Los montoneros que juzgan a Aramburu, erigidos en tribunal popular, han apagado el grabador. Ya le han leído al reo los cargos, que consisten en (obviando su condición de "cerebro y artífice" de la Revolución Libertadora8 que en 1955 derrocó a Juan Domingo Perón, lo obligó al exilio y resultó en la proscripción del peronismo) su responsabilidad en los fusilamientos de civiles en José León Suárez, en junio de 1956 9, el secuestro del cadáver de Evita y el conocimiento de que Aramburu planea un golpe contra Onganía, para luego pactar una fuerza gubernamental con un "peronismo domesticado" o "de corbata".

Sobre los fusilamientos de José León Suárez, Aramburu reconocerá: Y bueno, nosotros hicimos una revolución, y cualquier revolución fusila a los contrarrevolucionarios10. Sobre el cadáver de Evita, sólo dará algunos datos: Revela que el cadáver de Evita está en un cementerio de Roma, con nombre falso, bajo custodia del Vaticano. La documentación vinculada con el robo del cadáver estaba en una caja de seguridad del Banco Central a nombre del coronel Cabanillas. Más que eso no podía decir, porque su honor se lo impedía. Entonces, como no puede decir nada más, no hay retorno.

Al anochecer, Aramburu pide papel y lápiz. En la soledad de su cuarto, el teniente general escribe. A la mañana siguiente, los secuestradores encuentran pedacitos de papel en el inodoro. Luego aparecerá una nota en un bolsillo de su traje.

Habiendo juzgado a Aramburu, el tribunal comienza a deliberar la noche del 31 de mayo. A la madrugada del 1° de junio, el jefe del operativo, Fernando Abal Medina, le comunica al reo la sentencia de muerte. Aramburu pide afeitarse y que le traigan un confesor. Las dos cosas le son negadas. Pregunta cómo van a hacer para sacar el cadáver, entonces. Igualmente, el tratamiento que se le da al reo es el de "general", lo que implica la conservación de un grado militar que no le ha sido retirado como parte de la sentencia (en este punto, Montoneros inaugura una tradición de trato con los militares, en la que presos de un campo de desaparecidos siguen usando como vocativo el grado, como se puede leer en Recuerdo de la muerte, de Miguel Bonasso)11.

(...) se lo había atado a la cama y sigue atado durante la media hora siguiente a la comunicación de la sentencia, ese plazo que, clásicamente, se otorga a los condenados a muerte para que arreglen sus cuentas en la intimidad de sus conciencias.

Con las manos atadas a la espalda, lo llevan al sótano, un lugar pequeño que obliga a una adecuación del ceremonial militar del fusilamiento. Como no se pueden usar las armas largas que indica la tradición, se lo ejecutará con pistola (...)

Con las manos atadas a la espalda, Aramburu bajó con dificultad las escaleras. En el sótano, sus secuestradores le ponen un pañuelo en la boca; ni ofrecen ni intentan vendarle los ojos; Aramburu no lo pide ni se ve en la situación de rechazarlo. En ese momento, el relato se bifurca. Firmenich, que está contando, es enviado arriba, a golpear .sobre una morsa con una llave para disimular el ruido de los disparos. (de noche, en el medio del campo, sólo había que disimular frente al Vasco, cuidador de la casa). Firmenich, entonces, no presencia la ejecución. Fernando Abal Medina, como cuadra a un jefe, se hizo cargo. Él pronunció las palabras rituales y él oyó la respuesta: ..General dijo Fernando, vamos a proceder. Proceda, dijo Aramburu. Y procedió con un tiro de una 9 mm y tres tiros de gracia, uno de ellos con una 45 12.

Quizá, como dice Beatriz Sarlo, haber disparado cuatro tiros podría responder a un ritual militar, de la división entre primer tiro y tiro de gracia. Pero también, atando el episodio con otros datos, como que a Abal Medina se le ha trabado la cámara de fotos, que es un desfachatado, un "mandado", poco proclive al pensamiento previo a la acción, lo opuesto al arquero zen que practica durante años el movimiento y que sólo lanza su flecha una certera vez, podría suponerse que cometió una torpeza al disparar, y que falló con la puntería.

Tampoco sería descabellado pensar que ese 1° de junio a las siete de la mañana, cincuenta minutos antes de que afuera saliera el sol, en ese oscuro y frío sótano, solo frente a su víctima, en el momento de disparar a Fernando Abal Medina le haya temblado la mano.

Años después, en La novela de Perón, Tomás Eloy Martínez le hará decir al General: "Esa palabra es imposible: Proceda". Se trata de un Perón ficticio, de papel, que aparece allí como el primer crítico del texto de La Causa Peronista, sugiriendo el carácter ficcional que tiene, en definitiva, todo relato, marcando sus contradicciones, y que otros, tal vez menos críticos, tomaron al pie de la letra13.

Un día después del asesinato de Aramburu, el presidente de facto, Juan Carlos Onganía, instaura la pena de muerte.

Para los montoneros el Aramburazo ha sido un éxito. Más allá de los detalles truculentos del asesinato, el establishment fue sacudido como si la cal viva que cubrió el cadáver del militar amenazara con corroer su propio futuro, ha escrito María Seoane14. No sólo el factor sorpresa les juega a favor, sino también una minuciosa planificación, que cuatro años después contarán con detalle.

Arrostito: Toda la "organización" éramos doce personas, entre los de Buenos Aires y los de Córdoba. En el operativo jugamos diez.

Lo empezamos a fichar a comienzos del '70, sin mayor información. Para sacar direcciones, nombres, fotos, fuimos a las colecciones de los diarios, principalmente de La Prensa. En una revista, Fernando encontró fotos interiores del departamento de la calle Montevideo. Eso nos dio una idea de cómo podían ser las cosas adentro.
Firmenich: Pero dedicamos el máximo esfuerzo al fichaje externo. El edificio donde él vivía está frente al colegio Champagnat, y averiguamos que en el primer piso de ese colegio había una sala de lectura o una biblioteca. Entonces nos colamos y fuimos a leer ahí. El que inauguró el método fue Fernando, que era bastante desfachatado. Más que leer, mirábamos por la ventana. Nos quedábamos por períodos cortos, media hora, una hora. Nunca nadie nos preguntó nada.

Arrostito: Allí lo vimos por primera vez, de cerca. Solía salir alrededor de las once de la mañana, a veces antes, a veces después, a veces no salía. Lo vimos tres veces desde el Champagnat.
Después fichamos desde la esquina de Santa Fe, en forma rotativa. Llegamos a hacer relevos cada cinco minutos. Teníamos que hacer así porque en esa esquina había un cabo de consigna, uno rubio, gordito, y no queríamos llamar la atención.

Lo que no cuentan es si en uno de esos días de observación desde el colegio Champagnat han visto cuando tres hombres visitaron al teniente general Aramburu en el semipiso de Montevideo 1053, madera, vidrio y mármol en la entrada. Es probable que no hayan visto a Ricardo Rojo, que llevaba un mensaje oral de Juan Domingo Perón para Aramburu, y les había pedido a los otros dos que fueran testigos de sus palabras, que giraron alrededor del regreso. Rojo nos pidió a Manuel Álvarez Pereyra y a mí que lo acompañáramos. Venía de Madrid, de estar con Perón cuenta Rogelio García Lupo15. Le traía la respuesta a una pregunta que Aramburu
también le había enviado en forma oral. El diálogo giraba alrededor de la posibilidad de producir un entendimiento político entre Perón y Aramburu.

Allí, en ese departamento oscuro, que en la planta baja tenía apostado un hombre de vigilancia, desde un gran escritorio de madera, tipo ministerial, con varios libros y un teléfono apoyados sobre el vidrio, Aramburu habló con Rojo y los dos testigos.

Rojo vivía a la vuelta, en Santa Fe 1555, lo fuimos a buscar y de allí fuimos a la casa de Aramburu recuerda García Lupo. Álvarez Pereyra era un diplomático en ese momento sin destino. Cuando Rojo nos presentó, Aramburu dice: Álvarez Pereyra, Álvarez Pereyra, este apellido me suena... Cómo no le va a sonar: usted puso preso a mi padre. El padre de Álvarez Pereyra era un militar yrigoyenista que luego fue diputado peronista. En el '55, Aramburu lo metió preso. Cuando nos fuimos, Rojo le dijo: "Cómo me hacés esto, casi echás a perder la reunión". La entrevista había estado a punto de arruinarse.

Ese acercamiento que Aramburu estaba gestionando con Perón es uno de los argumentos que se esgrimieron en la época para suscribir la tesis de que el secuestro del ex presidente de la Revolución Libertadora fue promovido por los mismos militares, que habrían hecho un arreglo con los montoneros16. Ellos, en el texto de La Causa Peronista, cuatro años después, quieren dejar en claro que no sólo fueron los autores del hecho sino que además el propio Perón los avaló. Para probarlo publican una carta de 1971 en la que el líder manifiesta su apoyo en reglas generales, con frases como "Estoy completamente de acuerdo y encomio todo lo actuado". Y donde, además, les recuerda que ellos no inventaron la pólvora: "Ni es nueva la 'Guerra revolucionaria' y menos aún las 'Guerras de Guerrillas'. Pienso que tal vez la guerra de guerrillas ha sido la primitiva forma de guerra, tan empleada en la afamada 'guerra de los escitas' y de Darío Segundo".

Pero volviendo al tiempo y el lugar de los hechos, además de las tareas de observación y de control del domicilio de Aramburu, los muchachos (y la chica) habían realizado algunos golpes menores para hacerse de armas y de efectivo. Por ejemplo, el robo a un garaje de la calle Emilio Lamarca 3121, en el barrio de Villa del Parque, o el asalto a un par de destacamentos policiales. Igual que en las charlas alrededor de la mesa del comedor de Bucarelli, en los robos Norma Arrostito participará como uno más. Sobre la irrupción del 29 de abril en la comisaría de Villa Devoto, en Avenida General Mosconi casi llegando a la Avenida General Paz, un testigo contará a La Nación del 12 de julio: "Llegaron dos autos: un Rambler y un Ford Falcon verde, y estacionaron uno a corta distancia del otro. Del Rambler descendió una chiquilla que vestía buzo azul marino, pollera pantalón azul de las que se usan para hacer gimnasia en las escuelas, medias y zapatillas blancas. Detrás de ella bajó un joven con barba y melena larga. Vi cómo la chica se acercó al policía y le preguntó algo. Cuando el agente le respondía, la jovencita (era rubia, de pelo largo) le puso su pistola entre las costillas". A la tarde de ese día, el mismo grupo asaltaba el Banco Alemán Transatlántico en Ciudad Jardín en Lomas de Palomar y se llevaban seis millones de pesos moneda nacional17.

A las siete de la mañana del 1° de julio, exactamente un mes después de que Fernando Abal Medina con pulso tembloroso o intención de asegurarse de que el muerto estuviera bien muerto, haya descerrajado los tiros que mataron a Aramburu, los montoneros producen su segundo hecho notorio: el copamiento de La Calera, una pequeña localidad a 17 kilómetros de Córdoba capital. A pesar de que la organización defenderá los objetivos cubiertos en ese hecho militar18, la retirada sale mal y son heridos de gravedad Ignacio Vélez y Emilio Maza, que muere a los pocos días. En el barrio de Los Naranjos, donde Maza estaba parando, encuentran, entre otras cosas, el permiso que Norma Arrostito le había extendido para que Maza manejara su renoleta 4L, y que va a actuar como hilo de Ariadna. Una punta para empezar a buscar: Córdoba se convierte en el mejor camino para llegar a Buenos Aires19. Curiosamente, Aramburu había nacido en esa misma provincia, en la localidad de Río Cuarto, 67 años antes.

El domingo 12 de julio las caras de Norma Arrostito, Mario Firmenich y Fernando Abal Medina, en ese orden, ilustraban la tapa de La Nación. Tres días después, esas mismas caras iban a empapelar la ciudad de Buenos Aires, junto con las de Carlos Ramus y Carlos Capuano Martínez.

Una foto carnet mostraba la cara de Arrostito, el pelo castaño oscuro corto y con flequillo, grandes solapas de una blusa blanca. El epígrafe decía: "Igual que Abal Medina, una mujer, Norma Arrostito (a) Irma, argentina, de 30 años, maestra, estuvo en Cuba donde fue adiestrada para efectuar actividades de carácter terrorista. También participó del asalto al garaje de Emilio Lamarca y, posteriormente, actuó como "campana" durante el secuestro del ex presidente provisional. Tiene cédula de identidad número 4.714.123, y libreta cívica 3.876.285. Es una hábil maquilladora y usa pelucas. Mide 1,62 m de estatura y tiene el cutis blanco".

Justo debajo de esas fotos se anunciaba "La posibilidad de aumentos salariales". Decía la noticia: ....a esta altura del proceso (¿el proceso militar?), un aumento salarial puede considerarse casi un hecho, aun cuando bastante camino hay por recorrer hasta encontrar los medios y las magnitudes adecuadas para concretarlo.
En página 20 del domingo 12 de julio, Clarín titulaba: "Piden la Colaboración de la Población Para Hallar a Tres de los Principales Implicados en el Secuestro".

Un día después, La Nación hablaba en tapa de otro secuestro vinculado con el caso de Felipe Vallese20. Y en su sección En otras columnas informaba la fuga de la cárcel del líder del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), Mario Santucho, y la asunción de José Ignacio Rucci al frente de la CGT. Desde su minisección Cien años atrás, el mismo diario recordaba una frase de Lucio V. Mansilla: Toda acción buena o mala tiene un móvil.

El miércoles 15 de julio la ciudad de Buenos Aires amanecía empapelada con millares de afiches impresos por la Policía Federal que, según el epígrafe de Clarín, fueron distribuidos en todo el país, a través de las Delegaciones Regionales. La pegatina se inició anoche, simultáneamente, en esta capital y en el interior. Allí, otra vez, estaban las fotos de Arrostito, Firmenich y Abal Medina, aunque no eran las mismas que las publicadas tres días antes. Arrostito estaba tomada de tres cuartos de perfil, el pelo largo, más oscuro y peinado con las puntas para afuera. Mantenía el flequillo (¿otra peluca?), la solapa del saco era oscura. Los volantes estaban encabezados por la contundente frase: "Por el secuestro del señor teniente general D. Pedro Eugenio Aramburu se requiere la captura de: Esther Norma Arrostito con sus datos, Mario Eduardo Firmenich (alias Manuel.21, argentino, 22 años de edad, soltero. Cutis blanco, 1,66 mts. de estatura. C.I. N° 6.072.024 P.F. L.E. N° 7.794.388.) y Fernando Luis Abal Medina (alias Fernando, argentino, 23 años de edad, soltero. Cutis blanco, 1,85 mts. de estatura, delgado, C.I. N° 5.576.377 P.F. L.E. N° 4.557.175)"

En letras grandes, centrado, destacado, el imperativo DENÚNCIELOS! (así, con el signo de exclamación sólo cerrando, como en inglés), y abajo, A la POLICÍA FEDERAL o al organismo policial más próximo en todo el país.22

El 16 de julio, la policía encuentra el cadáver de Aramburu. Las pruebas dactilares certifican que es él. Dos días después, Clarín publicaba un suplemento extra de doce páginas dedicado a informar sobre la desaparición del teniente general Pedro E. Aramburu. El día es decretado de duelo nacional: en la Recoleta, hoy a las 11.30 inhumarán sus restos mortales. La foto del féretro custodiado por un gendarme, en la iglesia de las Esclavas del Sagrado Corazón, Montevideo 1348 (a tres cuadras de su casa), cubierto por la bandera nacional enlutada, con la gorra y el sable corvo, contrastaba con la que tres días después publicaban los diarios, mostrando la frazada con la que los montoneros envolvieron el cuerpo de Aramburu. Y mayor era el contraste con el estado en que se encontró el cuerpo: Estaba en un sótano, parcialmente cubierto de cal, con las manos atadas a la espalda, los ojos vendados y una mordaza, según informó el jefe de la Policía Federal, general Jorge Cáceres Monié23

El epígrafe decía: Una multitud impresionante se congrega en el lugar para rendir su homenaje al hombre que una vez dirigió los destinos del país, y cuya vida se perdiera en el absurdo de un crimen que enluta a todos y agravia a la Nación.

El día del entierro llueve. Los diarios mostraban en tapa fotos de una muchedumbre con paraguas en el cortejo fúnebre. La Nación reproducía las palabras de Lanusse, diciendo que Aramburu fue cruelmente inmolado por el odio ciego e irracional de un grupo de individuos cuya sola existencia constituye una afrenta para la dignidad e hidalguía del pueblo argentino. Agregaba Lanusse una frase en tono profético: El peso de la justicia habrá de caer inexorable sobre los autores materiales del hecho, sobre sus instigadores y sobre sus cómplices.

El lunes 7 de setiembre de 1970 a las ocho de la noche, en la confitería La Rueda de la localidad de William Morris, provincia de Buenos Aires, Fernando Abal Medina y Carlos Ramus son muertos a balazos por la policía. Han llegado a la cita antes de lo acordado, junto con otros dos montoneros, Luis Rodeiro y Sabino Navarro. Rodeiro cae preso, Navarro logra huir. El tiroteo ha durado veinte minutos. Norma Arrostito y Mario Firmenich están retrasados, llegan a las ocho y veinte. Ven los cuerpos tirados en la calle y escapan. El peso de la justicia de Lanusse había empezado a caer, inexorable.



3 comentarios:

  1. ¿Alguien sabe si hay o hubo una grabación (audio) sobre el juicio sumarísimo que se le hace a Aramburu antes de ejecutarlo? Estaba seguro que sí, pero no puedo encontrarlo en internet y me entraron dudas.

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